La mañana en que la mulata Irene decidió dejar sin casa a las golondrinas que anidaban bajo su cornisa, habíamos amanecido con un sol tan radiante que no me quedó otra que desayunar en el balcón.
Me había quedado sin cereales y tenía en una mano un vaso de zumo de mandarina ligeramente amargo y en la otra una de esas deliciosas galletas que forman parte del tradicional paquete de abastecimiento materno en mis incursiones a La Mancha, a saber: dulces y queso.
Apoyada de espaldas a la barandilla, con el sol calentando mi nuca de forma algo más que impertinente, me tomaba no obstante el zumo y la galleta todo lo pausadamente que era capaz mientras escuchaba los gritos de la mulata Irene, amortiguados por el rumor inevitable de la máquina de limpieza de calles.
Eran los mismos gritos, las mismas airadas palabras en forma de lamento y protesta tomando forma en sus labios de fruta fresca por tercer día consecutivo. Las mismas idas y venidas de un lado a otro de la casa, idénticos reclamos y llantos sincopados.
La escena, no por conocida menos extraordinaria, nos mantenía en vilo a todos cuantos la presenciábamos de un modo u otro: vecinos implicados por acústica.
En la azotea de las palomas, en la casa verde que en otoño cosecha uvas de una parra maravillosa que da sombra a toda la terraza, otro de los vecinos levantó sus ojos a la ventana de la mulata Irene. Después me miró y me saludó con la cabeza. Le correspondí con un “Buenos días” y apuré mi galleta.
La escena acústica acabó con unas palabras que jamás habíamos escuchado antes. Unas palabras que se escucharon por encima de todas las palabras del mundo, y que hubiera jurado que provocaron un imperceptible seísmo bajo nuestros pies:
—¡Te me vas! ¡De mi casa y de mi vida, te me vas ya!
Tras unos segundos de silencio y un portazo que hizo temblar hasta el zumo de mandarina de mi vaso, sobrevino una extraña calma que me hizo sentir inquieta, como cuando uno está y en el fondo se quiere marchar... Pero no puede.
La inquietud de la incomodidad ante el desasosiego ajeno.
La mañana en que la mulata Irene decidió dejar sin casa a las golondrinas que anidaban bajo su cornisa, yo fui testigo con un zumo de mandarina en una mano y una galleta en la otra.
Ella apareció en la ventana con los ojos ennegrecidos por el maquillaje y las lágrimas, y todavía hermosa, con ese gesto perenne de determinación que siempre se ha gastado la mulata Irene. Llevaba en la mano el palo del cepillo de barrer y después de mirar hacia arriba un par de segundos arremetió a golpes contra los tres nidos de golondrina que había en su cornisa.
La energía de sus movimientos tenía fascinado al vecino de la casa verde, y no podía apartar la mirada de ciertas partes de su cuerpo que le recordaban a los flanes que hacía su esposa.
El primero de los nidos de golondrina que la mulata Irene logró echar abajo se desprendió casi entero. Quiso el azar que en aquel instante saliese por el portal del edificio aquel a quien ella había querido sacar de su casa y de su vida.
Justo a tiempo para detener la caída del nido con su cabeza…
(Quise reírme pero no pude, así que opté por escuchar a Gianna Nannini.)
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