3.3.08
Cris divagando a las 23:30

El reencuentro tiene lugar en una pequeña sala que funciona como teatro. Es un lugar acogedor con una decoración que nos introduce en otra época envolviéndonos en nubes de incienso y paredes encaladas. El interior recuerda a un cabaret.

Marta, la protagonista, es un manojo de nervios a pesar de sus tablas en los escenarios. Aún así no deja de regalar esa luminosa sonrisa suya a cada uno de los recién llegados. Es la compañera de mi hermano Javi, a todos los niveles. Y realmente no se podría encontrar a un par mejor acoplados.


Ni con más ARTE, y esto no es sólo amor de hermana.

Cuando abrazo a Javi siento que me invade una carga de algo muy positivo que estará conmigo durante mucho tiempo. Siempre sucede.

Vemos la actuación de Marta sentados junto a mi hermano Jesús, que también ensancha el alma con su cercanía, y Esther, su chica, que gesta a mi primer sobrino. Al bebé le debe venir de maravilla ir a ver los shows de sus tíos, las risas son un gran alimento.


Reímos con toda la boca cuando Marta interpreta a Helena Concostrilla y sus clases de aerobic para ácaros… y después cuando nos presenta a la Loli, ex trabajadora de club de carretera, haciendo malabarismos con las bolas chinas de tamaño XL. Reímos sin parar, sin intencion de parar.


Aplaudimos. Y nos abrazamos de nuevo y más veces.

Si tienen ustedes la oportunidad, no la dejen escapar.

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13.2.08
Cris divagando a las 23:50

En la parada del tranvía.

Al inclinarse para recoger la flor del suelo, un jazmín, la mujer se percata del movimiento: Una hilera de hormigas negras zigzaguea entre las piedras que sobresalen del alquitrán. Se inclina un poco más permaneciendo de puntillas, tratando de mantener el equilibrio.

Comienzan a temblarle las piernas.

Al instante reinventa su postura para mayor comodidad, recoge la flor y la guarda entre las páginas de 86 cuentos, recuperan sus ojos el cadencioso desplazamiento de los insectos y lo siguen como si fuese un hilo de lana negro movido por la brisa.

Durante apenas una fracción de segundo su mirada se ha detenido en sus propias rodillas, en los hilos de sus medias, generando una avalancha de pequeñas intensidades…

Esquivado una vez más el repentino alud de evocaciones sonríe, y en sus labios se perfila la satisfacción del superviviente.

En una habitación del piso 14.

Lucía se acerca desnuda a la ventana acristalada y sus pupilas escrutan la calle. Desde su posición las personas son hormigas, como aquellas a las que observaba de niña de pié en la puerta de su casa, sintiéndose enorme y poderosa.

Mientras espera, se pone sus gafas e intenta imaginar quiénes son, dónde van, qué llevan en sus bolsas, cómo aman.

A qué saben sus labios…

Bajo la marquesina del tranvía divisa a una mujer que se inclina. Seguramente ha perdido algo, algún objeto pequeño y valioso que pone mucho empeño en encontrar. Ojalá lo consiga…

El tranvía llega y escupe sobre el alquitrán docenas de pequeñas personas-hormiga que se distribuyen por las aceras, integrándose sin pausa en el fluir de las corrientes que Lucía, desde lo alto, observa como quien observa un terrario.

Cuando le presiente tras de sí, se abre como un compás y se eleva ligeramente sobre sus antepiés, invitándole tácitamente a adueñarse del temblor de sus piernas.

Con la mirada clavada en la mujer de la marquesina y a punto de quebrarse en un torrente de estremecimientos que una vez más dará con sus rodillas contra el suelo, Lucía recuerda que algunas veces, de niña, echaba agua en los hormigueros.

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14.12.07
Cris divagando a las 13:05


Bewitched, Ella Fitzgerald en ODEO
(también aquí)

La resaca de primerísimos besos no se diluyó al día siguiente.

Sus reminiscencias persistieron y se hicieron notar muy por encima del dolor de nudillos que provocaba el frío, por encima de la pesadez de párpados de horas sin dormir, por encima incluso de la radiante luz con la que deslumbraba el manto de nieve que cubría todo hasta donde alcanzaba la vista.

Con la frente apoyada en el cristal de un autobús de línea evoqué los momentos recientes de labios derritiendo el invierno. La mirada se perdía más allá del horizonte blanco que dibujaba el inédito paisaje. El pueblo quedaba atrás y de sus tejados se elevaban ondulantes señales de humo hacia un cielo gris, casi plateado.

Entorné los ojos y exhalé un aliento largo con sabores de dulces caseros que fue creando sobre el cristal un velo, a través del cual mi visión de campos nevados se cubrió de fina niebla.

Acerqué el dedo índice y de memoria dibujé en el cristal el recorrido de sus labios sobre los míos, de su lengua bajo el filo de mis dientes, dibujé el ardor de mis mejillas y la intensidad de mi respuesta. Dibujé la turgencia de mis labios que nunca hasta entonces había percibido, y las distintas etapas por las que pasaron, desde que fueron solo labios hasta que se convirtieron a la vez en arma poderosa y ansiado botín.

Dibujé el estremecimiento que provocaron sus ojos sobre mi boca antes de que todo comenzase…

Dibujé el mundo alrededor, decreciente con cada beso. Y luego lo dibujé desaparecido, porque así fue lo siguiente.

Sólo cuando el autobús hizo su tercera parada noté el dedo frío, dejé de mirar mucho más allá del cristal y comprobé que se había desvanecido la niebla.

Con el tiempo, la resaca de primerísimos besos se diluye en tazas de maravillosos besos nuevos. De nuevos labios. Y se transforma en deliciosa evocación que siempre conservará su puesto en la memoria.

La evocación de las primeras veces.

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14.11.07
Cris divagando a las 15:46

Es difícil perderse en París.

Lo es incluso para quien como yo tiene su propio sentido de la des-orientación. En las calles enormes placas indican el lugar exacto del callejero, con nombres como Rue des mauvais garçons, Rue du pas de la mule, Rue Picardie... ¿Quién no desearía perderse en una calle llamada Picardie?

Yo, desde luego, no me resisto… Pero por mucho que me lo propongo, siempre acabo encontrando mi camino antes de lo deseado en un trazado impecable.

Leo cada placa que encuentro en voz alta. Cada una es el prólogo de una o mil historias que me encantaría contar. De las placas, la mirada se desliza a los portones que una tras otra magnifican las fachadas del Marais. Siempre, tras unos segundos contemplándolos, sale o entra alguien que emplea toda su fuerza en empujar o tirar de la enorme y pesada hoja de madera o metal. En París, salir de algunas casas a toda prisa no es tan sencillo…

Los portones se resisten a abrirse, como una novia primeriza. Son lentos y requieren su tiempo, el tiempo justo, que en ningún caso será menor, pero siempre traerá una deliciosa recompensa. En el caso del exterior, la luz de la vida de las calles de París. Cuando se entra, en cambio, el abrazo de tantos años de historia vivida tras el portón que nos ha dado paso al que ahora es el hogar.

En mi mente toman cuerpo escenas de amantes abandonando estas mismas casas a toda prisa en momentos comprometidos para las damas. Deslizándose por las ventanas, por supuesto. Probablemente si los parisinos de entonces hubieran decidido usar los portones muchos parisinos de hoy hubieran perdido la oportunidad de existir.

Contemplo el Sena desde el Pont du Carrousel.

El cielo parece a punto de desplomarse, si no fuera porque unos cuantos rayos de sol se han enroscado a las nubes y las mantienen en su sitio. La escena es casi azul… excepto por unas pocas salpicaduras de otoño.

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17.9.07
Cris divagando a las 19:04

Centro de salud de diseño.

Durante la espera me entretengo como siempre observando a las personas que esperan conmigo, a las que llegan después, y los rasgos de un edificio que apenas cumple unos meses y ya podría ser ejemplo arquitectónico de muchos otros por su coordinación de funcionalidad y belleza.

La belleza está en el interior, me dice Él, a quien no atraen para nada las moles de cemento. Para mí algunas tienen su aquel…

La doctora lleva una chapa de unos cinco centímetros de diámetro en la solapa de la bata donde se puede leer en letras rojas: ¡No menos de 10 minutos!

Haciendo un rápido cálculo mental comprendo la causa de la demora de casi una hora con respecto al horario fijado para mi cita y no me queda más remedio que sonreír, contagiada por la dulzura y cordialidad que desprende esta mujer.

Me gusta cómo trabaja y me gusta el empeño que pone en no escatimar a cada paciente/persona el tiempo que necesita. Sobretodo, me gustan las sonrisas y la manera de tranquilizar y explicar todo cuanto dice para hacerlo asequible.

Lo que más me gusta es que me diga que a pesar de no estar del todo curada me puedo ir a la playa para el resto de la semana porque me va a venir muy bien…

Hasta la vuelta.

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22.8.07
Cris divagando a las 17:37




La inminencia del encuentro le provoca un estremecimiento.

Decide evitar el ascensor y subir los doce tramos de escaleras con la esperanza de que el tiempo y el ejercicio transformen sus nervios en radiante seguridad.

Así percibe que sucede, con cada escalón que ascienden sus pequeños pies mientras repasa mentalmente qué dirá cuando se abra la puerta, cual será la amplitud exacta de su sonrisa, y en qué momento tomará la iniciativa después de una pequeña conversación informal.

Porque eso sí, la iniciativa esta vez la tomará ella…

No volverá a paralizarla esa hilera de dientes perfectamente colocados en la sonrisa de él con el claro objetivo de reducirla a la más absoluta confusión.

Esta vez no. Esta vez ella, resuelta heroína, le afrontará sin dejarse subyugar por sus encantos, ni por su perfume, que mezclado con su piel es una trampa mortal, ni por esa música que siempre está sonando antes incluso de que ella llegue.

No le dará tiempo a reaccionar. Le atacará por sorpresa y eso supondrá el 50% de su victoria. Aproximación inmediata, dedos hábiles, caricias severas en medio de la sorpresa y el deleite ajeno. Y en ningún momento soltar las riendas…

Sonríe.

El último tramo de escaleras evidencia una creciente seguridad en sí misma y un inesperado invitado: el asma. Alcanzada la puerta número 22, se detiene y se inclina jadeante, las manos sobre las rodillas y la frente perlada de sudor. Tose. Intenta recomponerse. Tose de nuevo, varias veces.

Regresan los nervios mientras su respiración le juega malas pasadas y busca el inhalador en el bolso. El sonido de las toses mezclado con el abrumador silencio de la ciudad en agosto llega a los oídos de él en el interior de la casa. La puerta se abre.

Los dientes. El perfume. La música.

Las agridulces evidencias de una nueva derrota.

—Mierda… susurra todavía antes de capitular con una sonrisa.

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4.7.07
Cris divagando a las 21:18


El ascenso a pie a Monteriggioni discurre por un sendero flanqueado de lavanda. Es casi medianoche y la luz artificial se difumina sobre la muralla del Borgo, proyectada desde rincones escondidos en el suelo. Mientras avanzamos cuesta arriba sin embargo, da la sensación de que a nosotros nos iluminan las propias flores de lavanda. Una luz que entra por la nariz y antes de que nos demos cuenta nos ha llevado en volandas a lo alto, a la entrada de otra época…

Los pasillos y habitaciones del hotel de Pisa están sembrados de grandes aparatos eléctricos con enchufe, rojos, similares en tamaño y forma a sirenas de las que se colocan sobre los coches de policía. Cuando veo uno sobre el mini-bar se me enciende la luz de los grandes descubrimientos, y le comunico a Él mi idea: Sin duda —explico— son avisadores para que en recepción sepan cuando sacas algo del mini-bar. Los enormes mosquitos que sobrevuelan la habitación tiran por tierra mi brillante teoría mientras enchufamos el aparato a la corriente…

En la terraza del bar Girovita de Lucca tomamos un té helado que nada tiene que ver con lo probado hasta ahora. Son las 7 de la tarde y aún hace calor, pero una de las dos mujeres de la mesa de al lado viste como si estuviera en una fiesta. Sin estridencias pero con elegancia. En pocos minutos comprendemos que se trata de la dueña del local. Maneja todo con presteza y seguridad, con la delicadeza de una brisa en cada uno de sus movimientos y palabras.

El señor Enzo se aproxima al banco de madera donde acabo de sentarme mientras Él asciende a la Cúpula. Me saluda con un gesto de cabeza y una sonrisa, y aprovecha la misma para decirme que está cansado: “Sono stanco”. Le respondo que yo también e iniciamos una conversación que durará más de media hora. Me cuenta que le gusta pasear por el centro y hablar con la gente que visita el Duomo. Me pregunta si soy fiorentina y se sorprende cuando le digo que soy española… mi ego se ensancha tanto que estoy a punto de explotar.

En un mercado callejero de fruta en la parte de la ciudad en la que no se adentran los turistas – ellos se lo pierden – nos detenemos fascinados a mirar la belleza de la mercancía expuesta. El zucchino, así llaman al calabacín, se vende con flor incluida. La flor va en uno de los extremos y al parecer es muy apreciada en cocina. Después de satisfacer nuestra curiosidad optamos por pedir un cuarto de cerezas. La vendedora nos cuela medio kilo, si quieres como si no. Ciliegie…

En una tierra donde todo rezuma vida, la muerte tiene que buscar medios para hacerse notar… Las esquelas mortuorias que vemos pegadas por las paredes de las ciudades y pueblos son tamaño póster de concierto. Y a todo color…

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27.4.07
Cris divagando a las 19:42

La mañana en que la mulata Irene decidió dejar sin casa a las golondrinas que anidaban bajo su cornisa, habíamos amanecido con un sol tan radiante que no me quedó otra que desayunar en el balcón.

Me había quedado sin cereales y tenía en una mano un vaso de zumo de mandarina ligeramente amargo y en la otra una de esas deliciosas galletas que forman parte del tradicional paquete de abastecimiento materno en mis incursiones a La Mancha, a saber: dulces y queso.

Apoyada de espaldas a la barandilla, con el sol calentando mi nuca de forma algo más que impertinente, me tomaba no obstante el zumo y la galleta todo lo pausadamente que era capaz mientras escuchaba los gritos de la mulata Irene, amortiguados por el rumor inevitable de la máquina de limpieza de calles.

Eran los mismos gritos, las mismas airadas palabras en forma de lamento y protesta tomando forma en sus labios de fruta fresca por tercer día consecutivo. Las mismas idas y venidas de un lado a otro de la casa, idénticos reclamos y llantos sincopados.

La escena, no por conocida menos extraordinaria, nos mantenía en vilo a todos cuantos la presenciábamos de un modo u otro: vecinos implicados por acústica.

En la azotea de las palomas, en la casa verde que en otoño cosecha uvas de una parra maravillosa que da sombra a toda la terraza, otro de los vecinos levantó sus ojos a la ventana de la mulata Irene. Después me miró y me saludó con la cabeza. Le correspondí con un “Buenos días” y apuré mi galleta.

La escena acústica acabó con unas palabras que jamás habíamos escuchado antes. Unas palabras que se escucharon por encima de todas las palabras del mundo, y que hubiera jurado que provocaron un imperceptible seísmo bajo nuestros pies:

¡Te me vas! ¡De mi casa y de mi vida, te me vas ya!

Tras unos segundos de silencio y un portazo que hizo temblar hasta el zumo de mandarina de mi vaso, sobrevino una extraña calma que me hizo sentir inquieta, como cuando uno está y en el fondo se quiere marchar... Pero no puede.

La inquietud de la incomodidad ante el desasosiego ajeno.

La mañana en que la mulata Irene decidió dejar sin casa a las golondrinas que anidaban bajo su cornisa, yo fui testigo con un zumo de mandarina en una mano y una galleta en la otra.

Ella apareció en la ventana con los ojos ennegrecidos por el maquillaje y las lágrimas, y todavía hermosa, con ese gesto perenne de determinación que siempre se ha gastado la mulata Irene. Llevaba en la mano el palo del cepillo de barrer y después de mirar hacia arriba un par de segundos arremetió a golpes contra los tres nidos de golondrina que había en su cornisa.

La energía de sus movimientos tenía fascinado al vecino de la casa verde, y no podía apartar la mirada de ciertas partes de su cuerpo que le recordaban a los flanes que hacía su esposa.

El primero de los nidos de golondrina que la mulata Irene logró echar abajo se desprendió casi entero. Quiso el azar que en aquel instante saliese por el portal del edificio aquel a quien ella había querido sacar de su casa y de su vida.

Justo a tiempo para detener la caída del nido con su cabeza…

(Quise reírme pero no pude, así que opté por escuchar a Gianna Nannini.)



MERAVIGLIOSA CREATURA, en ODEO

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13.4.07
Cris divagando a las 15:38

Desde su ventana en un barrio del centro, cada mañana buscan sus ojos el edificio de enfrente. Un piso por encima del suyo, reflejado en los cristales de la casa de la anciana francesa puede ver, como si de una pantalla de cine se tratase, un fragmento en gris de su propia azotea.

Las cuerdas de los tendederos y los mástiles de metal que las sujetan, las antenas, y un cielo de nubes perfectas estarcidas con plantilla sobre el mismo azul de cada día.

El reflejo que de ello le ofrecen los cristales diluye los colores como acuarela en agua y evoca épocas en las que otras mujeres buscaban reflejos en cristales imperfectos que sólo les devolverían la realidad deformada.

Lo observa unos minutos cada día, como si fuese una película, siempre antes de salir de casa. Lo observa también los fines de semana con la tranquila indolencia de la taza de café con leche.

Hoy, día festivo en el país, la casa huele a pan de nueces y a croissants calientes. Tras los besos del despertar, y los de la constatación de permanencia juntos, ambos deshacen sus respectivos ovillos y se ayudan mutuamente a entrar en el día, sin prisas, con la laxitud alegre que da la jornada de ocio.

Él se ofrece a subir la ropa a tender.

Ella se acerca a la ventana para apurar el desayuno con unas imágenes que le evocan pinturas y cine: la sesión de hoy inicia con un personaje muy familiar, el hombre que la besa cada día. Sonríe cuando le ve aparecer reflejado en el cristal.

La sesión de hoy tiene, además, otro inesperado personaje, y un beso apasionado que se clava en la retina, y en el corazón, con sábanas al viento y la palabra FIN escrita en los cristales de la casa de la anciana francesa.

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27.3.07
Cris divagando a las 13:13

Domingo en la Feria del Libro.

Bajo una carpa, niños, padres y curiosos asistimos embelesados a las narraciones de los “Cuentos de la maleta” por Félix Albo, un hombre que sonríe con todo el cuerpo y que consigue exactamente eso de quienes le escuchan: sonrisas de cuerpo entero.

Antes de llegar a las casetas de la Feria nos topamos con una inesperada concentración de encaje de bolillos. Alrededor de unas mil mujeres de edades diversas aparecen ante nuestros ojos sentadas a ambos lados de dos hileras de mesas. Todas tienen una almohadilla apoyada contra la mesa y la gran mayoría concentra la vista en ella mientras sus dedos hacen danzar de un lado a otro los bolillos de madera que, poco a poco, van revelando preciosos encajes.

No puedo evitar acordarme de mi abuela.

Hoy, parte de la intensa lluvia caída durante la noche se acumula en las calles de la ciudad, escasas de sumideros. Desde el balcón observo los trabajos de los operarios del ayuntamiento, afanados en limpiar y desatascar varios de estos sumideros, mientras que los viandantes hacen equilibrios para saltar unos charcos demasiado grandes, y acaban inevitablemente mojándose los zapatos, los bajos de los pantalones, los pies…

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